La compra de territorios por Estados Unidos y su impacto en las poblaciones locales

La expansión territorial de Estados Unidos no fue únicamente el resultado de guerras, anexiones forzosas o colonización interna. A lo largo de los siglos XIX y comienzos del XX, el país amplió de forma decisiva su territorio mediante una serie de compras negociadas con potencias europeas y estados vecinos. Estas adquisiciones, realizadas en contextos de intensa rivalidad imperial, conflictos diplomáticos y necesidades económicas, redefinieron el mapa norteamericano y sentaron las bases del ascenso de Estados Unidos como potencia continental y, más tarde, global.

Mapa de la compra de territorios por Estados Unidos
La compra de territorios fue una herramienta pragmática de política exterior. Para los gobiernos estadounidenses, suponía una forma relativamente rápida y, en apariencia, menos costosa que la guerra para asegurar fronteras, controlar rutas comerciales estratégicas y obtener acceso a recursos naturales. Para los países vendedores, en cambio, estas transacciones solían responder a situaciones de debilidad política, amenazas militares, dificultades económicas o la imposibilidad de defender y administrar territorios lejanos.

Desde la inmensa Luisiana francesa hasta el remoto territorio de Alaska, pasando por Florida o la franja de La Mesilla, cada compra tuvo motivaciones específicas y consecuencias profundas. Además de transformar el equilibrio de poder en América del Norte, estas operaciones afectaron de manera decisiva a las poblaciones indígenas y locales, cuya historia quedó marcada por desplazamientos, tratados desiguales y la pérdida progresiva de soberanía. 

La compra de Luisiana (1803)

La compra de Luisiana constituye una de las transacciones territoriales más decisivas de la historia moderna. En 1803, Estados Unidos adquirió de Francia un vasto territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados que se extendía desde el río Misisipi hasta las Montañas Rocosas y desde el golfo de México hasta las actuales fronteras de Canadá. El acuerdo fue firmado durante la presidencia de Thomas Jefferson y duplicó de inmediato el tamaño del país.

Para Francia, gobernada entonces por Napoleón Bonaparte, Luisiana había pasado de ser una promesa imperial a una carga estratégica. La pérdida de Haití tras una sangrienta rebelión de esclavos y la amenaza constante de la flota británica hicieron prácticamente imposible defender el territorio norteamericano. Ante la inminencia de nuevos conflictos europeos, Napoleón optó por vender Luisiana para obtener recursos financieros y evitar que cayera en manos británicas sin compensación alguna.

Desde la perspectiva estadounidense, el control del río Misisipi y del puerto de Nueva Orleans era vital para la supervivencia económica de los estados agrícolas del interior. Aunque Jefferson expresó dudas constitucionales sobre la legalidad de la compra, la oportunidad estratégica prevaleció. Por 15 millones de dólares, Estados Unidos aseguró su expansión hacia el oeste, facilitó la posterior creación de numerosos estados y reforzó la idea del llamado "Destino Manifiesto", aunque a costa de intensificar el despojo territorial de las naciones indígenas.

Mapa de la compra de Luisiana 1803


Florida y el Tratado Adams-Onís (1819)

La incorporación de Florida fue el resultado de un proceso diplomático complejo que, aunque suele describirse como una compra, difiere notablemente de otras adquisiciones territoriales estadounidenses. A comienzos del siglo XIX, Florida era una colonia española en claro declive, escasamente poblada, mal defendida y convertida en un espacio fronterizo inestable donde convivían pueblos seminolas, esclavos fugitivos, colonos angloamericanos y aventureros extranjeros.

Desde la óptica estadounidense, la presencia española suponía un problema estratégico constante. Florida era percibida como un foco de inseguridad que facilitaba incursiones armadas, contrabando y la huida de esclavos desde los estados del sur. Las expediciones militares del general Andrew Jackson entre 1817 y 1818, oficialmente dirigidas contra los seminolas pero que incluyeron la ocupación de fuertes españoles, evidenciaron tanto la debilidad del control español como la voluntad estadounidense de forzar una solución definitiva.

Mapa de la compra de Florida 1819
España, debilitada por las consecuencias de las guerras napoleónicas y por los procesos independentistas en América Latina, carecía de los recursos necesarios para mantener la provincia. En este contexto se negoció el Tratado Adams-Onís, firmado en 1819 y ratificado en 1821, mediante el cual España cedía Florida a Estados Unidos y se establecía una frontera clara entre los territorios españoles y estadounidenses en América del Norte.

Aunque el tratado suele presentarse como una compra, lo cierto es que Estados Unidos no pagó directamente a España por el territorio. En lugar de un desembolso económico clásico, Washington se comprometió a asumir reclamaciones de ciudadanos estadounidenses contra el gobierno español por un valor máximo de cinco millones de dólares. Este importe nunca fue entregado a España como pago territorial, sino que se destinó a compensar a particulares, lo que convierte la cesión de Florida en una transferencia diplomática más que en una compra en sentido estricto.

La adquisición eliminó la última presencia europea significativa en el sureste del país, consolidó el control estadounidense del golfo de México y sentó las bases para una expansión más agresiva en la región, que tendría consecuencias directas para los pueblos seminolas y para la estructura social del sur estadounidense.

La Mesilla y la compra de Gadsden (1853)

La compra de Gadsden, conocida en el ámbito hispanohablante como la adquisición de La Mesilla, fue una ampliación territorial más limitada en extensión, pero de notable importancia estratégica. En 1853, Estados Unidos compró a México una franja de territorio al sur de los actuales Arizona y Nuevo México.

Tras la guerra entre México y Estados Unidos, la frontera establecida en 1848 había dejado numerosos problemas sin resolver, tanto en términos cartográficos como económicos. El gobierno estadounidense buscaba una ruta viable para un ferrocarril transcontinental meridional que conectara el sur del país con California, algo difícil de lograr con la frontera existente.

México, debilitado política y financieramente, aceptó vender el territorio por 10 millones de dólares. Aunque la operación fue presentada como una solución práctica, consolidó la percepción de desigualdad entre ambos países y dejó una huella duradera en la memoria histórica mexicana. Para Estados Unidos, La Mesilla permitió reforzar su infraestructura y estabilizar su frontera sur.

La compra de Alaska (1867)

La compra de Alaska a Rusia en 1867 fue recibida inicialmente con escepticismo y burla por parte de la opinión pública estadounidense. El territorio, remoto, frío y escasamente poblado, parecía carecer de valor inmediato, lo que dio lugar a expresiones como la "locura de Seward", en alusión al secretario de Estado William H. Seward.

Para Rusia, Alaska representaba una posesión costosa y vulnerable. La posibilidad de perderla ante el Reino Unido en un conflicto futuro, sumada a su escasa rentabilidad económica, llevó al gobierno ruso a considerar la venta como una opción pragmática. Estados Unidos, por su parte, veía en la operación una oportunidad para ampliar su influencia en el Pacífico norte.

Por 7,2 millones de dólares, Estados Unidos adquirió el territorio. Décadas más tarde, el descubrimiento de oro, petróleo y otros recursos naturales transformó Alaska en una de las compras más rentables de su historia. Su importancia estratégica se hizo especialmente evidente durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.

Cheque de la compra de Alaska a Rusia


Las Islas Vírgenes de Estados Unidos (1917)

La última gran compra territorial realizada por Estados Unidos tuvo lugar en 1917, cuando adquirió las Islas Vírgenes a Dinamarca. El acuerdo se produjo en un contexto de tensión internacional creciente, en plena Primera Guerra Mundial.

Washington temía que Alemania pudiera ocupar las islas y utilizarlas como base naval en el Caribe, una región considerada clave para la defensa del canal de Panamá. Dinamarca, que llevaba décadas debatiendo el futuro de su colonia caribeña, aceptó la venta a cambio de 25 millones de dólares en oro.

Aunque su extensión era reducida, la compra reforzó la presencia estadounidense en el Caribe y consolidó su papel como potencia hemisférica. Las islas permanecen hasta hoy como territorio no incorporado, reflejo de las complejidades legales y políticas de la expansión estadounidense.

El precio humano de la expansión territorial

Las compras territoriales que permitieron a Estados Unidos consolidarse como potencia continental, tuvieron un impacto profundo y duradero sobre las poblaciones indígenas y locales, quienes habitaban esos territorios mucho antes de que se negociaran tratados y acuerdos diplomáticos en despachos lejanos. Para estos pueblos, la transferencia de soberanía no fue un acto abstracto de política internacional, sino el inicio (o la intensificación) de procesos de desposesión, desplazamiento y transformación forzada de sus modos de vida.

En territorios como Luisiana, Florida o las regiones adquiridas a México, la compra marcó el comienzo de una rápida expansión de colonos angloamericanos, acompañada de nuevas estructuras legales, sistemas de propiedad privada y autoridades federales ajenas a las realidades locales. Los tratados firmados posteriormente con las naciones indígenas, rara vez respetaron los acuerdos iniciales y, en muchos casos, sirvieron únicamente como instrumentos temporales antes de nuevas cesiones forzadas. La compra de un territorio por parte de un Estado no implicó, en la práctica, el reconocimiento de los derechos políticos, culturales o territoriales de quienes ya vivían allí.

Tribu indígena Seminola
En Florida, la transferencia del territorio a Estados Unidos derivó directamente en las Guerras Seminolas, una de las campañas militares más largas y costosas contra un pueblo indígena en la historia del país. En Luisiana y en el oeste adquirido tras la compra de Gadsden, la expansión agrícola, minera y ferroviaria aceleró el desplazamiento de comunidades enteras hacia reservas cada vez más reducidas y económicamente inviables.

Incluso en casos tardíos como Alaska o las Islas Vírgenes, la compra no supuso una integración inmediata ni equitativa de las poblaciones locales. En Alaska, los pueblos indígenas quedaron durante décadas al margen de los beneficios económicos derivados de la explotación de recursos naturales. En el Caribe, los habitantes de las Islas Vírgenes pasaron a ser súbditos de una nueva potencia sin disfrutar plenamente de derechos políticos durante generaciones.

Desde una perspectiva histórica, las compras territoriales de Estados Unidos evidencian una paradoja central de su expansión: mientras se presentaban como soluciones diplomáticas y racionales entre Estados soberanos, sus consecuencias reales se manifestaron con mayor dureza sobre comunidades que no participaron en las negociaciones y cuyos intereses no fueron representados. Analizar estas adquisiciones implica, por tanto, no solo comprender cómo se construyó el mapa estadounidense, sino también reconocer el coste humano y cultural que acompañó a ese proceso de expansión.

Mapa adquisiciones territoriales de Estados Unidos

Diente de Megalodón clavado en una vértebra de ballena, el fósil más impactante de la historia

La paleontología rara vez ofrece escenas tan explícitas como las que sugiere la imagen de un gigantesco diente de Megalodón incrustado en la vértebra de una ballena prehistórica. La potencia visual de esta supuesta "instantánea fósil", ha convertido estas imágenes en virales y ha alimentado la idea de que existe una prueba directa, dramática e irrefutable de un ataque prehistórico congelado en el tiempo. Sin embargo, la realidad científica es más compleja, y también más interesante.

Diente de Megalodón clavado en la vértebra de una ballena
Esta espectacular imagen de un enorme diente atravesando el hueso de una ballena, parece sacada de una película de ciencia ficción. La escena, tan poderosa como inquietante, nos remite a una realidad histórica: durante millones de años, los océanos estuvieron dominados por el Megalodón, el mayor depredador que ha existido jamás

El Otodus megalodon (el género anteriormente era Carcharocles megalodon) fue un tiburón colosal que habitó los océanos entre hace aproximadamente 23 y 3,6 millones de años. Con una longitud estimada de hasta 18 metros y una mordida varias veces más potente que la del gran tiburón blanco, no tenía apenas rivales. Sus dientes, que podían superar los 15 centímetros, estaban diseñados para cortar hueso y carne con facilidad.

Las ballenas primitivas, más pequeñas y menos ágiles que las actuales, eran por lo general presas frecuentes de este superdepredador. La evidencia fósil demuestra que el Megalodón no solo atacaba de manera contundente, sino que además lo hacía con una estrategia precisa, ya que buscaba inmovilizar a la presa dañando zonas vitales, especialmente la columna vertebral. 

Si bien no hay duda de que las ballenas prehistóricas formaban parte habitual de su dieta, también existieron algunas especies de cachalotes prehistóricos, como Livyatan Melvillei o Brygmophyseter, que compartían el hábitat del Megalodón y eran capaces de confrontarlo en batallas que debieron ser realmente épicas. 

Aunque muchas de las imágenes que circulan por Internet hoy no representan fósiles reales, la ciencia sí ha logrado reconstruir uno de los episodios más violentos del pasado marino gracias a un hallazgo excepcional.

El hallazgo real en Calvert Cliffs

Un hallazgo publicado en 2022 ofreció a los paleontólogos una de las narrativas fósiles más potentes sobre la interacción depredador-presa en los océanos del Mioceno. Se trataba de dos vértebras de cetáceo con una fractura por compresión-cizalla y un diente de megatiburón (Otodus megalodon) encontrado en la misma área estratigráfica. Los fósiles proceden de las famosas Calvert Cliffs (Maryland), y fueron localizados por el coleccionista y voluntario del Calvert Marine Museum, Mike Ellwood.

Vértebra de ballena dañada hallada en Calvert Cliffs
Los investigadores describieron dos vértebras asociadas de un cetáceo del Mioceno medio (hace aproximadamente 15 millones de años) que muestran una fractura longitudinal por compresión y cizalla. La lesión ocurrió en vida y el animal sobrevivió un tiempo tras el traumatismo, ya que se han observado indicios de cicatrización. Junto a esas vértebras se recuperó también un diente de Megalodón con la punta fracturada, compatible con haber golpeado hueso. Los autores, por Stephen J. Godfrey y Bruce L. Beatty, publicaron el estudio en la revista Palaeontologia Electronica en 2022.

Al analizar los restos fósiles, se interpretó que la fractura es compatible con un intento de depredación, por ejemplo, un Megalodón que atacó desde abajo, inmovilizando al cetáceo y provocando una compresión brutal de la columna al forzar el cuerpo contra la gravedad durante un ataque en superficie. El diente con la punta rota sugiere que la pieza pudo haberse fracturado al golpear hueso durante ese enfrentamiento. Los investigadores también han planteado otras alternativas razonables, como que se trate de un trauma debido a otras causas y no relacionado con el ataque de este superdepredador, si bien se considera la opción más probable.

Estas piezas se conservan en la colección del Calvert Marine Museum, donde forman parte de la investigación y divulgación científica. Es importante subrayar que, incluso en este caso excepcional, el diente no aparece clavado físicamente en la vértebra, sino asociado por contexto geológico y mecánico.

Dientes de Megalodón encontrados en Calvert Cliffs

La imagen viral del diente de Megalodón incrustado

Por tanto, es importante distinguir el caso científico anteriormente descrito y las imágenes virales que muestran un diente "clavado" literalmente en una vértebra de ballena. Estas imágenes tan populares y que se han hecho virales en Internet no reflejan un hallazgo científico in situ, sino que se trata de montajes que utilizan un diente real de Megalodón colocado sobre una vértebra como si hubiera quedado perfectamente incrustado tras un ataque.

Hasta la fecha, no existe ningún registro científico validado que muestre un diente de este aterrador pez prehistórico atravesando un hueso de cetáceo de forma visible y conservado tal cual durante millones de años. Y la razón es sencilla: los impactos reales producen fracturas irregulares, astillamientos y deformaciones, de manera que los dientes suelen desprenderse tras el mordisco o durante la descomposición del cadáver. La fosilización conjunta de ambos elementos, en una posición tan limpia y teatral, es extraordinariamente improbable.

Otro montaje de diente de Megolodón clavado en una vértebra de ballena
No cabe duda de que la imagen es impactante, pero si se analiza en detalle se puede deducir fácilmente que se trata de una pieza ensamblada artificialmente, al igual que se ha hecho en otras piezas similares y que se han vendido por todo el mundo como supuestos restos fósiles reales sin manipular. 

La vértebra presenta un orificio circular regular en el que el diente encaja sin deformación visible del hueso circundante. En un impacto real, la estructura ósea mostraría fracturas radiales, aplastamiento irregular o signos de trauma violento. Aquí, sin embargo, el borde es limpio y uniforme, lo que sugiere una perforación posterior o la ampliación intencionada de una cavidad natural.

El propio ángulo del diente de Megalodón es otro elemento revelador. Está colocado de forma casi vertical, una posición poco compatible con la biomecánica de la mordida de un tiburón, que ataca en diagonal y arranca fragmentos de carne y hueso. La orientación responde claramente a criterios estéticos y expositivos.

También es significativa la diferencia de pátina y textura entre ambos fósiles. El diente presenta una superficie relativamente homogénea y oscura, mientras que la vértebra es más porosa y erosionada. Esto indica que no fosilizaron juntos ni bajo las mismas condiciones, algo habitual en piezas combinadas para exhibición o venta.

Dicho de otra forma, tanto la imagen de "el fósil más impactante de la historia", como otras casi idénticas que se han hecho virales en los últimos años, son fósiles reales pero colocados de una forma específica para contar una historia, no hallazgos paleontológicos in situ.

Impacto visual frente a evidencia científica

Estas imágenes ayudan a contar una historia inmediata y comprensible, la de un depredador colosal como el Megalodón atacando a una ballena, algo que sucedía de manera regular en los océanos del Mioceno. Sin necesidad de explicaciones técnicas, al espectador se le representa visualmente el momento del ataque. Esa claridad narrativa es precisamente lo que les ha dado tanta difusión en redes sociales, a pesar de no ser científicamente correctas.

Paradójicamente, el hallazgo real de Calvert Cliffs es mucho más valioso desde el punto de vista científico, aunque menos espectacular visualmente. Permite inferir comportamiento, biomecánica y ecología con un rigor que ningún montaje puede ofrecer.

El llamado "fósil más impactante de la historia" existe, pero no en la forma que muestran las imágenes virales. La verdadera historia está escrita en fracturas óseas, dientes rotos y contextos geológicos bien documentados. Entender esta diferencia no resta fascinación al Megalodón; al contrario, nos acerca a cómo trabajan realmente los paleontólogos y cómo, a partir de fragmentos imperfectos, reconstruyen algunos de los episodios más violentos y asombrosos de la historia de la vida en la Tierra.

Megalodón atacando una ballena


Apolo 20, la misteriosa misión a la Luna que nunca existió

En la historia de la exploración espacial existen episodios desconocidos, proyectos cancelados y secretos militares que todavía hoy se mantienen bajo llave. Un cado de cultivo perfecto que ha alimentado teorías, rumores y conspiraciones de todo tipo durante décadas. 

La misteriosa Misión Apolo 20 a la Luna
Pero entre todos esos relatos, pocos han generado tanta fascinación como la misión Apolo 20 (Apollo XX), una supuesta misión secreta a la Luna, realizada conjuntamente por Estados Unidos y la Unión Soviética en los años 70, para investigar una nave extraterrestre abandonada. 

El atractivo de esta leyenda urbana de Internet reside precisamente en una mezcla de verosimilitud técnica, la estética retro y un relato cuidadosamente construido que juega con las grietas históricas del programa Apolo de la NASA. Para comprender cómo nació y por qué tanta gente llegó a creer en ella, es necesario viajar a la década de los setenta, repasar los silencios del programa lunar y seguir el rastro de un enigmático usuario de YouTube que aseguró poseer pruebas reales de esta misión secreta a la Luna.

La semilla del mito comenzó a germinar mucho antes de la aparición de los famosos videos. Entre 1970 y 1972, mientras la NASA completaba sus últimas misiones lunares, la agencia anunció la cancelación de tres expediciones programadas: Apolo 18, Apolo 19 y Apolo 20. Las razones oficiales fueron los drásticos recortes presupuestarios, la reducción del interés político tras la conquista lunar y la necesidad de redirigir recursos hacia proyectos como el Skylab y el transbordador espacial. Una cancelación repentina que no convenció al público y dio lugar a todo tipo de especulaciones.

Alunizajes previstos de las Misiones Apolo de la NASA
Décadas más tarde, en 2007, un usuario anónimo llamado "retiredafb" apareció en YouTube y comenzó a compartir una serie de videos que, según afirmaba, procedían de la misteriosa misión Apolo 20. Si bien YouTube fue la plataforma donde se hizo mundialmente conocida la historia, los primeros vídeos y archivos relacionados con la Misión Apolo 20 no aparecieron allí. 

Antes de que el contenido se hiciera viral, algunos clips fueron publicados en Revver.com, un sitio pionero por entonces en la monetización de vídeos que permitía ganar dinero por visualización mucho antes de que YouTube tuviera su programa de socios.

Varias de las primeras piezas del bulo, incluyendo fragmentos donde se ve la supuesta nave extraterrestre en la Luna y escenas del módulo de mando, se publicaron primero en Revver y luego migraron a YouTube cuando "retiredafb" comprendió que la repercusión e impacto sería mucho mayor allí. 

En estas grabaciones, supuestamente rescatadas de archivos ocultos de la NASA, se veía un módulo lunar aproximándose a la superficie de la Luna, imágenes granuladas de un paisaje desolado y el interior de una nave que recordaba a los habitáculos reales de las misiones Apolo. Pero lo que más llamó la atención fue la presencia de un objeto gigantesco, alargado, incrustado en un cráter lunar que supuestamente era una nave extraterrestre de miles de años de antigüedad, así como la aparición de un cuerpo humanoide aparentemente momificado, al que el autor bautizó como la "Mona Lisa EBE". Apollo 20 Mission Original Video

El impacto en Internet fue inmediato. Los blogs y foros de ufología o misterio se llenaron de encendidos debates al respecto. Muchos espectadores señalaron que la estética de los videos era sorprendentemente convincente, ya que incluía incluso fallos analógicos, movimientos bruscos de cámara, desenfoques, interferencias de señal, iluminación acorde con la tecnología de los años setenta y un estilo narrativo muy similar al del metraje lunar auténtico.

Uno de los elementos más llamativos (y más eficaces) para dar verosimilitud al mito del Apolo 20, fue la afirmación de que la misión había sido una operación conjunta entre las dos superpotencias de la Guerra Fría. Según la narrativa creada por "retiredafb" y desarrollada después por otros personajes, tanto Estados Unidos como la URSS habrían colaborado en 1976 para enviar una nave al cráter Izsak-D con el objetivo de inspeccionar una anomalía gigantesca observada en misiones anteriores.

La misión conjunta Apollo–Soyuz Test Project
Esta idea no era casual, debido a que la cooperación espacial entre ambas potencias, aunque limitada, había sido real. En 1975 tuvo lugar la misión conjunta Apollo–Soyuz Test Project, un encuentro entre ambas naves en órbita terrestre media. La existencia de esta misión histórica conjunta sirvió para dotar de credibilidad a la narrativa conspirativa.

Según la historia, el comandante del Apolo 20 habría sido William Rutledge, un supuesto astronauta veterano de origen estadounidense–belga que, sin embargo, jamás existió en los registros reales de la NASA. Rutledge fue presentado como un hombre ya mayor, exiliado en Ruanda, que supuestamente actuaba como informante filtrando los videos para evitar que "la verdad se perdiera para siempre".

Rutledge afirmaba, en mensajes publicados en foros y luego recogidos por blogs y vídeos, que la misión Apolo XX fue clasificada como "ULTRA TOP SECRET", y que la URSS proporcionó un cosmonauta llamado Aleksei Leonov para la tripulación. La elección de Leonov, un héroe real de la era espacial soviética, no era casual, ya que servía para añadir una capa de verosimilitud a la historia. Pero en la vida real, Leonov negó en repetidas ocasiones haber participado en nada remotamente parecido.

La historia empezó a ganar solidez aparente en 2007, cuando el periodista y escritor italiano Luca Scantamburlo publicó una serie de artículos y entrevistas en las que afirmaba haber mantenido conversaciones directas con el propio Rutledge. Scantamburlo se convirtió así en una de las voces que más contribuyeron a dar legitimidad al relato, pues presentó sus textos como investigaciones serias y detalladas. 

En sus entrevistas, Rutledge describía con precisión cómo había sido reclutado para formar parte de una misión supuestamente conjunta con cosmonautas soviéticos, mencionaba protocolos de entrenamiento, lugares inaccesibles y nombres de astronautas cuya participación jamás pudo verificarse. También narraba que el lanzamiento del Apolo 20 habría tenido lugar desde la base de Vandenberg, en California, un lugar donde la NASA nunca llevó a cabo misiones tripuladas, pero ideal para reforzar la sensación de clandestinidad.

Imágenes de la supuesta nave extraterrestre en la Luna - Misión Apolo 20
Todo este entramado coincidió con la difusión de los famosos vídeos donde se mostraban imágenes de la nave arrancando, del módulo lunar aproximándose a la superficie y del supuesto hallazgo de una figura humanoide conocida como la "Mona Lisa EBE". La estética envejecida de los vídeos, su grano, sus fallos deliberados y su cuidada puesta en escena daban la impresión de tratarse de material auténtico recuperado de archivos antiguos

La combinación de revelaciones personales, una narración que mezclaba ciencia, Guerra Fría y misterio, y un soporte visual aparentemente convincente, permitió que la historia circulara con rapidez y fuese tomada en serio por un sector del público, especialmente en foros y comunidades interesadas en la ufología.

Durante meses, miles de personas en todo el mundo debatieron si aquello podía ser real. El vídeo se hizo viral en Internet, y tuvo tal impacto que, en paralelo, varios investigadores de la historia espacial y expertos en efectos visuales iniciaron un análisis exhaustivo del material.

Los estudios revelaron rápidamente que el supuesto metraje contenía inconsistencias imposibles de ignorar. Por ejemplo, varios paneles de control mostrados en los videos estaban construidos con piezas de maquetas de plástico que podían adquirirse en cualquier tienda de modelismo. Las inscripciones en los instrumentos no coincidían con las utilizadas por la NASA y algunas estaban claramente hechas a mano con rotulador. 

Los trajes espaciales exhibían un diseño híbrido que mezclaba características de distintos modelos genuinos, pero ningún ingeniero especializado reconoció en ellos la construcción real de un traje presurizado. En otras escenas, el interior del módulo presentaba elementos estructurales incompatibles con cualquier diseño del programa Apolo. El ingeniero de la NASA, Paul Sejd, uno de los expertos que analizó las imágenes, comentó: «Lo que aparece en esos videos no coincide con ninguna cabina del programa Apolo. Hay errores estructurales que solo un aficionado o un artista pasaría por alto».

Objeto extraño en un cráter de la Luna fotografiado por la Misión Apolo 15
Uno de los hallazgos más decisivos fue la identificación de partes exactas del metraje tomadas de misiones auténticas, especialmente del Apolo 15. Estas imágenes habían sido reencuadradas, distorsionadas o superpuestas con ruido analógico artificial para darles un aire envejecido. Esta técnica sugería un trabajo deliberado de edición más que la existencia de material original clasificado

Las supuestas tomas del "objeto extraterrestre" en el cráter coincidían, en cuanto a ubicación, con una formación geológica real fotografiada por el Apolo 15. Esta estructura, alargada y oscura, había sido objeto de especulaciones desde hacía años, pero los geólogos lunares nunca vieron en ella nada que justificara una explicación artificial.

Con el paso del tiempo, la investigación apuntó hacia el creador del material: el cineasta y artista francés Thierry Speth. Aunque nunca elaboró una confesión pública formal, sí reconoció haber participado en la creación de este tipo de material como parte de un proyecto artístico experimental. Además, varios colaboradores suyos admitieron haber trabajado en escenografías similares a las que aparecen en los videos. De esta forma, la autoría humana y contemporánea de las cintas quedó prácticamente demostrada.

Curiosamente, la fotografía que originó la historia, la extraña formación alargada captada por el Apolo 15 en la región de Izsak-D, ha seguido siendo reinterpretada por los entusiastas del misterio. Desde un punto de vista geológico, nada indica que sea un objeto artificial. Pero su forma peculiar y el contexto narrativo que se construyó a su alrededor, la elevaron a la categoría de icono visual del mito. Para la NASA, se trata simplemente de una pareidolia causada por el terreno lunar.

La supuesta Misión Apolo 20 es uno de los bulos (hoax) más populares de la era digital. En la subcultura de Internet, donde una imagen puede reinventarse infinitas veces, no es extraño en realidad que un simple accidente geológico acabara transformado en la columna vertebral de una conspiración global.

«Cuando la Historia deja huecos, la imaginación los rellena. Siempre ha sido así»

Palabras de Eugene Cernan en 1999, el último hombre en pisar la Luna.